Isabel la Coca Sarli

Desde épocas ancestrales, el erotismo se calcificaría en los tejidos del planeta Tierra. Cual titiritero, manejaría los vastos hilos de la vida. Por ejemplo, en las religiones, más precisamente en la del catolicismo, se denunciaría un concepto bicéfalo: el del cuerpo por un lado, el del espíritu por el otro. Al primero se lo valoraría como la aceptación gozosa de las exigencias psico-corporales; o esa mordida de demonios con su cúmulo de tentaciones. Al segundo, como la invitación a la práctica del ascetismo y el encuentro con el Señor. No se patrocinaría con esto el desprecio humano, sino la renuncia a esos placeres que estimulasen la perdición y la inmoralidad. En más de una ocasión, sin embargo, la doctrina se rendiría a las promesas de este sentimiento. En la Biblia, por caso, hay un manuscrito que celebraría la intimidad lasciva de sus personajes: El Cantar de los Cantares del Antiguo Testamento y el Tanaj -veinticuatro libros canónicos del judaísmo-. En el siglo XII, San Bernardo, monje y abad de la abadía de Claraval, Francia, afirmaría que el camino a Dios comenzaba por el amor carnal de sus siervos. En los textos místicos Juan de Cruz y Las moradas de la monja Santa Teresa de Jesús, coexistirían retóricas llenas de sublimado erotismo. 
En la ciencia del arte, el erotismo define su meta suprema. Toda obra que se jacte de tal erotiza; ergo, ilumina con un sesgo de esteticismo, oscuridad, claridad, tragedia, paz, autoridad, sumisión, seducción, razón, irracionalidad, heterogeneidad...Por eso, al contemplarlas se experimenta algo parecido a la lujuria: se desea poseerlas de alguna u otra manera. Arquitectura, escultura, pintura, música, danza, poesía/ literatura, cine, fotografía, artes gráficas y artes tecnológicas, las diez colectividades artísticas, predican con su nativo, indivisible y acalorado erotismo. Y la masa, sanguínea y con esa nostalgia  que  se  deduce  del  inevitable  final por lo alabado, responde repitiendo previsible y sistemáticamente ciertos patrones de conducta: regresa a aquello que habría de hervirle la sangre  cuanto  sea  posible. 
No ajena a esta especie de incorruptible simbiosis, ella. La que  jamás  se  imaginaría con el grado de popularidad nacional femenino más grande por detrás de Evita, a juzgar por ciertas miradas cosmopolitas. La que valdría de excusa para que cientos de adolescentes se hicieran "la rata" en el colegio con el propósito de satisfacer su morbo libidinoso. La que cargaría con la envidia y el odio de miles de esposas, víctimas de las imágenes que sus maridos, en muchos casos a escondidas, testificarían. La que millones  desearían  en  la  cama, mas  solo  uno la tendría. La que reduciría el precio de esa vitoreada figura erotizante, a una cuestión de cuerpo  y  alma,  carne  y  uña.
Corría 1956, cuando un llamado telefónico alteraría su futuro para siempre. Entrevista mediante, conocería a Armando Bó, un agitador y ambicioso actor y director del que se enamoraría al instante. Felizmente correspondida, recibiría una propuesta: actuar en  su  película,  El  trueno  entre  las  hojas.  Con el  sí  en  la  mochila,  este  pintón  ocultaría  en su madriguera una pretensión tan inesperada como profética: la devenida en actriz debería posar desnuda en un río de la selva paraguaya. "¿Desnuda?, ¡ni se le ocurra!", vociferaría ella. Con astucia, Bó la anestesiaría asegurándole la provisión de una malla color carne y planos alejados para que apenas se la viera. Por supuesto, ni lo uno ni lo otro se cumpliría. El resultado: el destape inaugural en el cine nacional, un berrinche efímero por lo infringido, y una revolución comercial sin precedentes. De allí en adelante, diagramarían una tanda de 27 proyecciones extras. Todas con un denominador común: erotismo, sexo, música, paisajes, violencia y misoginia, precariedad de tipo técnica, y plaga de fantasías en multitudes. De esta forma, la pareja en los hechos y la ficción desplegaría por más de dos décadas la sociedad  cinematográfica  local  más taquillera e indomable del subgénero sexploitation. "Descubrir a esa mujer fue encontrar una mina de oro", admitiría Armando.
Sus materiales se reclamarían de América del Norte, Central y Sur, Europa, África y Asia; algo que inexorablemente a la morocha la haría de jurisdicción mundial. Eso sí, no sin pagar un oneroso costo. Su acentuado atractivo e influjo erotizante la eyectarían cual cohete a la Luna, pero tal como sucediera con esta temeraria y vacilante  emoción  a  lo  largo  de  los  siglos, los azotes perforarían la piel. Durante las dictaduras de  los  años  60  y  70, la censurarían y calumniarían sin reparos al imputarla de pornógrafa, enemiga de  lo  moral y las buenas costumbres. Con tenacidad, ella se defendería apuntando: "Yo no hago pornografía; lo mío simplemente  es  sensualidad,  erotismo". 
Aun con el aparato opresor del estado resoplando su nuca, nada ni nadie la tumbaría. Porque tenía todo lo que anhelaba. Por un lado, su padre, su hermano, su amigo, su socio, su príncipe, su Armando Bó, quien si bien no se divorciaría, le juraría fidelidad y entregarle el corazón. Por el otro, esa deleitosa línea recubierta de erotismo de la que haría para sus fanáticos de aquí y allá, cuerpo y alma, carne y uña. La historia de Hilda Isabel la Coca Gorrindo Sarli, la primera entre las segundas en un romance tan secreto como público, tan hipócrita como pasional, tan criticado como ponderado, y el símbolo sexual más erotizante que el cine argentino exportaría a las razas de occidente y oriente,  arranca  a  continuación...


El  9 de julio de 1935, en Concordia, Entre Ríos, Argentina, Antonio Francisco Gorrindo y María Elena Sarli traían a una niña: Hilda Isabel. A sus 5 años, fallecería el hermanito de una pulmonía. Prácticamente en paralelo, Antonio huiría a Uruguay en búsqueda de un mejor rumbo laboral. Jamás volvería. Con María Elena, una sobreprotectora y anticuada ama de casa de origen napolitano, se instalarían en Martínez, partido de Vicente López. La criaría controlando y reprimiendo sus movimientos. En términos de relaciones afectivas, María desaprobaría cada una  de  las  que  la  hija  llegara a  disponer: "Mi mamá tildaba a los hombres de unos desgraciados sin excepción". Esta asfixia psicológica, la pérdida y el abandono, significarían heridas que no cicatrizarían para Hilda.


Miss Argentina (1955). Un año antes adoptaría el apellido de su madre.
A muy temprana edad, y en virtud de sus fortalezas superficiales, la convocarían de una agencia de publicidad. Así, se traduciría en la imagen de múltiples compañías. Inducida por esa ola, surgirían los concursos de belleza a gran escala. En 1955, su portento físico la arrastraría a ganar el Miss Argentina. Esto la habilitaría a viajar a Estados Unidos para competir por el Miss Universo. Aunque no conquistaría el premio mayor, con celeridad el premio mayor la conquistaría a ella...

El agrado por los dividendos que le garantizarían la acercaría en los albores de los años 50 al modelaje publicitario. Aerolíneas, entidades navieras, productos estéticos y de alimentos, caerían embelesados por el lucimiento de sus agraciadas medidas. "Posar, ¿qué era  eso? Me  convenció lo que me pagarían", reconocería. Casi simultáneamente, combinaría sus aptitudes para la dactilografía, taquigrafía e inglés, con labores como secretaria; labores que por su meteórico progreso desfilando -ganaría trofeos- soltaría muy pronto. Con el paladar naturalizado, para 1953 abordaría con gallardía el certamen de Miss Argentina. En la edición de 1954, alertaría a una nación de lo que adoraría a los tan solo doce meses. En 1955, esa advertencia se sometería a la realidad: se la coronaba reina y se le asignaba el boleto para participar en julio del Miss Universo. Previa travesía por Estados Unidos,  la  confesa  peronista  mantendría  dos audiencias con el presidente Juan Perón, quien visiblemente conmovido la cortejaría diciéndole: "Usted es la más importante de mis embajadores". En Long Beach, California, y secundada por la madre, Sarli alcanzaría las semifinales. 

 Isabel rechazaría ya como Miss Argentina incorporarse a la película que haría el productor argentino Atilio Mentasti

En  el  campo  íntimo,   sorprendería  casándose a sus inocentes 20 años con Ralph Heinlein. De ascendencia alemana, no profesaría entusiasmo ni  apego.  El vínculo  fracasaría  a  la  brevedad.
Hacia 1956, cedería el trono de Miss Argentina a Ileana Carré. Ese mismo año -9 de junio-, por mero capricho del destino el cineasta Armando Bó daría con esta bella india gracias a unas fotos que treparían sus manos. Tras coordinar una reunión en el bar del Hotel Claridge de Buenos Aires, iniciarían una aventura profesional que no tardarían en trasladar a la faceta sentimental. Lo que podía ser un simple amorío, se transformaría en un romance que se prolongaría hasta la muerte de él, en octubre de 1981. Al respecto, la entrerriana manifestaría: "Yo ganaba más de modelo que lo que Armando podía abonarme por las películas, pero accedí porque me impactó. Tuve la sensación de un terremoto interno incluso sabiendo  que  era  casado. Fue amor a  primera vista".  Su  hombre, dos  décadas  más  grande, era  el  marido  de Teresa  Machinandiarena, una  marplatense  de alcurnia, descendiente de un calificado cineasta,  y  con  la  que  tendría tres hijos: María Inés, María Jesús y Víctor, coprotagonista en el negocio  millonario  que  la  dupla  gestaría. 


A la izquierda con Armando; a la derecha con Víctor. Su mentor era actor además de productor y director.
Una tarde de 1980, en la ciudad de Los Ángeles, Armando le diría a la Coca: "Mirá Coca, si yo supiera que tengo algo malo, incurable, arreglo mis cosas y me liquido". En marzo se sentiría repentinamente mal, e Isabel lo acompañaría a una clínica de Santa Mónica donde lo internarían y operarían de un tumor en el aparato digestivo. Los médicos le hallarían un cáncer avanzado, por lo que le darían seis meses de vida. Él no hablaba inglés e Isabel le ocultaba el diagnóstico. El 8 de octubre de 1981, ya en Buenos Aires, Armando haría traer a Isabel a su casa familiar. Al arribar le pediría un abrazo y se sinceraría: "No doy más. Me quiero dormir para siempre. Me voy primero Coca". Armando Bó moriría en sus brazos.
Con la desaparición de Bó a causa de un tumor, la Coca -seudónimo colgado por tener curvas similares a las de la botella de gaseosa- le pondría fin a su nexo con la actuación. Se consagraría por decenio y medio al cuidado de Isabelita y Martín, sus hijos adoptivos, y al zoológico que se armaría con gatos, perros, loros, tortugas y plantas en la casona familiar de Martínez. Recién para 1996 se permitiría reaparecer ante los ojos de los espectadores. Nunca tocaría lo de su fallida alianza amorosa con su compañero, ni el porqué de la deserción a un nuevo empezar con la muerte de este. Algún día aseveraría: "Armando ha sido mi único hombre. El único que amé, amo y amaré hasta el fin. El padre que apenas tuve, el hermanito que se me fue, absolutamente todo. En más de 25 años no pasé un día sin verlo. No lo disfrutaba por las noches, pero estábamos dos o tres meses de viaje. Conocí el mundo por él. Afuera nos consideraban un matrimonio. Si bien era celosa, brava y de revolearle cosas, no me interesó hacerlo separar o atarlo a mí con una libreta. Acepté mi suerte porque me habían educado a la antigua". 
Armando e Isabel. Unidos por el cine. Unidos por el amor. Víctor, hijo de Armando sería en varias películas el amante de esta diosa argentina.

Filmografía

Hacia 1958 sería oficialmente la entrada de Sarli a la pantalla grande. El trueno entre las hojas, una versión de la novela homónima del periodista y literario Augusto Roa Bastos, la cinta. Rodada en Asunción y el departamento de Guairá, Paraguay, y para el idioma castellano y guaraní, encarnaría con un rol protagónico a la exhuberante  señora  de  un  patrón  explotador del ámbito rural. El comportar de los peones, tensionados y vejados por tanto tiempo, se tornaría insostenible al presenciar la irrupción de la joven en el obrador. Crudo relato de  humillación  y  maltrato.
Al momento de las grabaciones, Isabel, de 23 años, contaba con la vigilancia de la madre. Shockeada  esta al noticiarse de las condiciones en las que su hija actuaría, le propinaría una golpiza  delante  de  todos.
Al no obtener la malla tal como Armando le había prometido, Isabel se abrazaría a otra opción: constatar que las tomas se hicieran  a  lo lejos. Una vez tranquila y desentendida por la confirmación de esto, Armando perpetraría el ardid. Modificaría el ojo de la lente para que cubriera la totalidad del espectro. Con el rompecabezas finiquitado, "furiosa le rompí el vidrio del escritorio con un cenicero", revelaría ella. De poco importaría. Acababa de condenarse una empresa a la fama y la  fortuna...
El trueno entre las hojas ingresaría en tierras foráneas, agravando a su vez ese placer del  sector  para  con  las próximas  películas de Sarli. De los norteamericanos, la actriz replicaría: "Hablaban más de mi desnudo que de la trama social del tema de Augusto Roa Bastos".

Para este drama social, Sarli, de 21 años, actuaría con su Armando Bó, Ernesto Báez y Andrés Laszlo

La película Sabaleros. Sarli en la famosa e imprudente escena filmada en los desagües de Berazategui, Buenos Aires.

Otros filmes:

Para febrero de 1959, en Sabaleros (la otra película del director Augusto Roa Bastos con Sarli  y  Bó),  vaya  susto  se  pegaría.  Contraería hepatitis  A al revolcarse en una brusca pelea con Alba Mujica sobre desechos cloacales de la costa de Berazategui. Se la hospitalizaría. En Estados Unidos, a Sabaleros la titularían Posiciones de amor  y  le  añadirán  escenas  eróticos...
En enero de 1960 saldría la película India. Un individuo que eludía el acoso policíaco chocaría con la hermosa líder de una tribu al atravesar un río en las Cataratas  del  Iguazú...
En noviembre de 1960,...Y el demonio creó a los hombres. Aquí se engendraría esa frase guardada en  los  libros y la memoria de una buena porción de los fanáticos: "¿Qué  pretende usted  de mí?" -adulterada dado que la actriz no aludiría al pronombre personal de "usted"-. En la película Carne, de 1968, Sarli la reproduciría con los aditivos "canalla" y "usted". "Canalla, ¿qué pretende  usted  de  mí?".


En 1962, Setenta veces siete. Con la dirección de Leopoldo Torre Nilsson, esta sería la única película en la que Isabel Sarli consentiría desprenderse  de  Armando  Bó  (en  vida).
El 24 de octubre de 1968, el turno de Carne, la película más vista de las sacadas ese día en el país. Una voluptuosa empleada de un frigorífico sufriría  la  violación  por  parte  de  un  obrero  y el consiguiente secuestro de una horda -siete-, quien la transportaría en un camión de carne para luego extasiarse con su degradado cuerpo. No colmados esos impulsos degenerativos, la venderían para hundirla con ello en la esclavitud. Con metraje blanco y negro y el rojo como color dominante, se llevaría a la corriente artística camp a las últimas consecuencias...


En 1969,  una  de  las  películas  más  elogiadas por la prensa doméstica y extranjera: Fuego. Ambientada en Neuquén, San Martín de Los Andes y Nueva York, se estrenaría en Estados Unidos el 10 de octubre de ese 1969, y recién para el 23 de septiembre de 1971 en Argentina.
Los eventos se abrirían con el juego lésbico de la ninfómana  Laura  -Sarli- bañándose  en  un  río de Los Andes con Andrea -Alba Mujica-, su sublimada dama de compañía y de la que partirían  los  mimos  y  caricias  mientras Carlos -Bó- las espiaba. Más tarde, en ellos se suscitaría un affaire al conocerse en una fiesta. La devoción de Carlos por ella, a la que posteriormente desposaría, no aplacaría el apetito de esta a la hora de tener sexo con cuanto varón la excitara. No obstante, los problemas para Laura se presentarían al darse cuenta de su lujuriosa enfermedad. Sus persistentes engaños al marido, incapacidad de control y sentimiento de culpa, empujarían a Laura al suicido. Carlos, deprimido y solo, haría lo mismo. En la escena final, dos espíritus se reencontrarían. Fuego supondría la primera película con vocación por el lesbianismo para  este  país. 


En junio de 1972, Fiebre. El argumento, las dos debilidades de una mujer: los caballos y el hombre -Bó- que provocaría el suicidio de su esposo, un terrateniente al que Sandra -Sarli- no quería.Estados Unidos lanzaría su interpretación incluyendo en el reparto a cuatro de los actores sudamericanos, entre ellos Sarli y Bó. 
La  última  función  del  dúo  sería  en  agosto de 1980: Una viuda descocada. Debido a su erotismo, el régimen de facto argentino emularía un añejo y sano gesto: censurarla. De sólidas críticas negativas de los medios de entonces, actualmente   la   performance   de   la  Higiénica  -mote impuesto al bañarse asiduamente- se posiciona en  lo  más  alto  de  su  listado.


Con la salvedad de la película Setenta veces siete, dirigida hacia 1962 por Leopoldo Torre Nilsson, Isabel Sarli protagonizaría 28 películas anudada al director Armando , entre los años 1958 y 1980. Todas, incluso Setenta veces siete, del subgénero sexploitation.
Sexploitation es un subgénero del cine de explotación y del cine nudista, que se caracteriza por ofrecer erotismo en sus escenas mediante una serie de desnudos, semi-desnudos, o sexo explícito. En el sexploitation sus argumentos son sencillos o absurdos, pero eclipsados por las diversas formas de sus actos eróticos. El papel principal normalmente lo tienen personajes femeninos.
Con el retorno de la democracia, las justas demandas se cobrarían su recompensa: la historia de Isabel Sarli sería reivindicada -en los círculos underground sobre todo- por su contenido  camp,  una  corriente  artística  con un estilo naíf, cursi, trillado, banal, vulgar, regresivo, artificial, humorístico, etc. Asimismo, las producciones de Sarli adquirirían clase de películas de culto, además de ser acusada de ícono gay.

Trabajos definitivos

En 1996 se despertaría de la duradera siesta laboral. La Coca se desenvolvería en la película  dramática  La  dama  regresa, de  Jorge  Polaco. A pesar de ciertas opiniones desfavorables, el Festival de Cine Internacional de Amiens distinguiría a la obra con el Premio Especial del Jurado.
En 1998 sería su bautismo en el teatro de revistas con el espectáculo Tetanic. 
En 2004 participaría en la telenovela juvenil Floricienta.  Ejercería  de  Coca, mamá de Malala -Graciela Stéfani-  y  Beba  -Mirta Wons-.


En 2009 y 2010, su contribución despedida en la industria que la vería volar: Arroz  con  leche de Jorge Polaco; comedia dramática de tinte metafórica con motivo de una vejez que se recorrería como una nueva infancia... La restante de estas películas, Mis días con Gloria. Drama de Juan José Jusid centrado en el lazo y los obstáculos que una diva de los años 60, de enfermedad terminal, palpitaría con un asesino a sueldo complotado con un corrupto policía del pueblo. A título de homenaje, se difundirían pequeñas escenas de la carrera de Sarli. Debutaría Isabelita y los Premios Cóndor de Plata la nominarían como Revelación  Femenina.


Datos de color

Isabel se jactaría de inocente y tímida. En repetidas ocasiones intentaría zafar de los desnudos. Cada vez que esta secuencia se colaba, Armando la persuadía planteándole que "si no te desnudás es como si Palito Ortega o Sandro anunciaran un recital y no se presentaran". La leyenda se bebía un par de whiskies para rescatar coraje, y el apremio quedaba  saldado.
Pese al hostigamiento que padecería de los gobiernos militares de los años 60 y 70, las amenazas de la Triple A, y la férrea enemistad con la Iglesia, la leyenda penetraría en los mercados  de  Estados Unidos,  México,  Panamá -y otros de América Central-, América del Sur, Rusia, Japón, China, Egipto, etc. -en  un  sinnúmero de veces de contrabando-. Regularmente, con localidades agotadas. Un escritor chino le dedicaría un poema. "La persecución servía de publicidad. Nos hizo padecer muchísimo", diría Sarli.  
En trueno entre las hojas, Armando Bó doblaría la voz de Sarli por no acertar con los tonos. 
Isabel Sarli abusaría de su capacidad bilingüe para discutir  los  contratos  en  el  exterior. 
Hollywood aspiraría a importarla. Ella se rehusaría por tratarse de una oferta unilateral (sin Armando Bó)  y  para  papeles  secundarios. 
Una jornada, cansada de tanta mutilación para con sus películas -algo que la obligaría a exiliarse-, acudiría a la Plaza de Mayo con el ánimo de consumar una sinsentido huelga de hambre. En más de una oportunidad, con mordacidad su compinche alegaría: "Nuestras películas  tienen  un  solo  corte:  al  medio".  
En  su  estadio  de  auge  muy  pocas  colegas se resistirían a una eventual competencia. La más rimbombante de esos días era la rubia Libertad Leblanc, apodada la Diosa Blanca y generacional  a  la  Diosa  Trigueña.


Deterioro y fallecimiento

En  1992,  a  raíz  de  un desmayo le detectarían un tumor cerebral pasible de cirugía. La intervención,  superada.
En junio de 2011, se la internaría por un edema de pulmón. Lo sortearía sin complicaciones.
Para marzo de 2019, se fracturaría la cadera izquierda al levantarse de su cama. La operarían en el Hospital de San Isidro. Más allá de que la recuperación transcurría con normalidad, los médicos ls dejarían en observación por una neumonía.
Infelizmente, en mayo se la derivaría a un sanatorio nuevamente. De acuerdo al informe clínico, pululaba un cuadro de infección urinaria con choque séptico que requería asistencia respiratoria y soporte hemodinámico. A las horas,  la  mudarían  a  terapia  intensiva.  
El  4 de junio, se trataría su maltrecha cadera por duplicado. Acto seguido, la junta médica indicaría en una circular la magnitud de la situación: "Paciente crítica con pronóstico reservado".   
El 25 de junio de ese 2019, los esfuerzos de los expertos se mostrarían estériles. Isabel la Coca Sarli, que llamativamente días atrás declaraba notarse mejor, perecía a los 83 años de un paro cardiorrespiratorio.


Reconocimientos 

En 2010, la Sociedad Fílmica de Lincoln Center de Nueva York le ofrendaría un tributo al exhibir sus películas.
Las revistas Time, Life y Playboy la enaltecerían alguna vez con sus portadas.
Estimada ciudadana ilustre en las metrópolis de Río de Janeiro y San Pablo, Brasil.
En 2008, la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina la galardonaría con el Premio Cóndor de Plata por su loable trayectoria. El Festival Internacional de Cine de Mar del Plata también le prestaría honores.


En 2012, el gobierno oficialista argentino la designaría embajadora de la Cultura Popular Argentina con rango y jerarquía de subsecretaria. La administración porteña, Personalidad Destacada de  la  Cultura  de  la  Ciudad  de  Buenos Aires.
Canal 7 emitiría en su programa Función privada, un ciclo destinado a sus perseguidas películas. El encumbrado rating ratificaría lo atinada  de  la  apuesta.